Una vez resueltos los asuntos de pertenencia partidaria, el candidato al Congreso Nacional deberá revisar los aspectos susceptibles de legislarse a niveles regionales, provinciales y comunales, a fin de incorporarlos a su programa. La necesidad de leyes para los problemas que afectan a la comunidad. Supongamos, legislación ambiental si usted tiene una planta Celco cerca de su domicilio.
Si no existiera una necesidad imperiosa de leyes para mejorar aspectos locales, bien podría tener a bien considerar las leyes o reglamentos que necesitaría una persona común para sentirse más protegida.
Esta carta la pueden jugar los parlamentarios que buscan permanecer otro periodo en el Congreso; además de personalidades públicas asociadas a alguna materia afín, generalmente ex personeros de gobierno aspirantes a un escaño. Esta herramienta no aplica para un candidato desconocido. Pensemos en incumbentes como Gabriel Silber, denunciando a una isapre que divulgaba historiales médicos a Cruz Verde o en un candidato como Osvaldo Andrade, ex Ministro del Trabajo, proponiendo mejorar aspectos en la legislación laboral.
El candidato puede optar a prometer situaciones más simbólicas, como hacer lobby ante la autoridad pertinente (el intendente designado por el Presidente electo, por decir) para promover alguna obra pública de relevancia social.
Sabiendo qué ofrecer, el candidato deberá ocuparse de cómo ofrecer.
Sólo a partir de este momento, el aspirante deberá revisar sus cualidades individuales; cuáles elementos biográficos servirán para apuntalar la campaña. Puede echarse mano a la ocupación previa, qué cosas de la ocupación pueden aplicarse en la campaña, tanto desde lo retórico como desde los hechos concretos. Aquí entra hablar del candidato-individuo, reforzar los aspectos emocionales. No antes.
Finalmente, la expresión gráfica y visual de la campaña, el último producto que llegará a manos del elector potencial. Primero, esto debe guardar coherencia con el punto anterior. Segundo, debe hacerse bien. Los casos de mala estética son frecuentes y son brutales.
Los panfletos y palomas horrendos no le harán justicia a la figura del postulante al Congreso. Será como llevar el vestuario equivocado. O en el mejor de los casos, sólo habrá sido plata botada: los identificadores visuales del aspirante han resultado irrelevantes y poco pregnantes. Cien mil copias de papeles con mensajes huecos o contrahechos no pueden pasar simplemente como un capricho de candidato o una burrada del corte yo-lo-hago-porque-los-demás-lo-hacen-también.
No hay que dejar nada al azar.